Buscadores de invisibles
-En la palabra ya estoy yo y ya estás tu, y ya está esto, así que continuamos buscando invisibles-
Un DJ busca su habla, la línea invisible que consiga fijar un flujo sonoro, conseguir que no se detenga en la indecisión -¿por qué jerarquizar?- entre un ritmo u otro. De este modo, como performer, no busca la canción, sino el efecto que produce la canción como fragmento, como parte de una memoria que deriva, no se detiene. Una voluntad de conformar otro fragmento que hable con palabras que no son suyas, pero tampoco de nadie. Porque lo de menos de esos fragmentos es lo que podemos reconocer como ya oido, sino precísamente aquello que nos hace fluir en sincronía con ellos y abandonar nuestra propia indecisión al intentar darles un nombre. Admitir que, si alguien está robando algo, somos nosotros identificándonos con nuestros recuerdos hasta el punto de creer que son nuestros únicamente.
Un DJ mezcla, remezcla, corta, pega, destroza, ecualiza, satura, genera un residuo que alegoriza la idea de tiempo que nos proporciona la memoria. Hace una analogía del acto de recuerdo precipitándolo hacia lo abstracto, destinándolo al instante de escucha -hacia allí donde no hay nada aún- provocando una reacción en el 'dancer' que, incapaz de situarse en ningún punto de su subjetividad, se abandona al instante dejándose llevar, formando parte de la gigantesca lavadora que es la sala de baile en la cual se mezcla físicamente con el resto de 'dancers'.
Igualmente el texto se escribe. La palabra, la frase, el 'sampler', se pincha en una secuencia de recuerdo. Un pensamiento se quiere reinterpretar, se quiere hacer singular. La palabra se busca allí donde escapa a lo literario para convertirse con nombre propio en literatura. Las frases se configuran, como surcos en los que hacer navegar nuestra mirada, olvidada de ella misma, y entregarnos a la sóla experiencia interpretativa, tan real o tan imaginaria como las tapas del libro o las manos que lo sostienen. ¿Puede cualquier hipertexto añadir algo al brutal hiperenlace que ya se produce en esa búsqueda? ¿Acaso no realiza el lector también su propia búsqueda de composición de significado -allí donde no hay ninguno aún- infinitamente más compleja que cualquier sutil juego hipertextual? El libro o el display del texto es instrumento y partitura; su ejecución, todo un ejercicio de estilo.
"Debemos averiguar en qué consisten las palabras y cuál es su funcionamiento. Estas se convierten en imágenes cuando se escriben, pero lo que se repite en la mente son las imágenes de las palabras, no las imágenes de las cosas en sí." dice W.S. Burroughs. La experiencia no se entrega nunca de un modo directo- literalmente-, necesita de una mediación analógica para determinar una simultaneidad: el acto de leer inseparable del objeto legible inseparable del momento de lectura, del lugar de lectura...Todo esto es lo que se repite en nuestra mente, pues de todas estas imágenes es de lo que está hecha. No sólo el significado no es la otra cara del significante como estableciera Sassure, ni existe, por otro lado, únicamente una combinatoria infinita entre ellos sino que además, su lectura resulta siempre OTRA, error, combinatoria de lecturas que posibilita que esta pueda ser de modo singular en un contexto diferente. Las palabras significan, pero no tienen ningún sentido si éste no es proporcionado por lo que adivinamos que puede haber facilitado o posibilitado su escritura; un contexto real entretejido y modulable con tendencia a la expansión.
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