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David
García Casado
-El medio
es aquello que me ha traído hasta aquí-
Busco al
lector, pero no como a un otro, el otro es aquello que me desplaza,
desplaza el origen rompiendo de este modo una simple relación
mismo/otro, sino como a un extremo más del texto. Un punto de
tensión en el que vibre el sentido y, en definitiva, aquello
que para nosotros se nos ofrece como real, construye mundo,
en el sentido. Entablo por tanto un habla, no producida por
las palabras en sí, las palabras nunca son en sí, sino por su
vibrar y su circular en lo interpretativo, una puesta en juego
de los signos que construirán nuestra propia concepción del
mundo, y en la medida que la red textual se concentre a nuestro
paso, como signo de una época, de lo que para nosotros implica
una contemporaneidad Es ese un espacio en el que todo signo
que vibra en ese texto sera recibido, ahora sí, como comunicación
pues estará ligado inseparablemente a un proceso que transparenta
nuestra única verdad en el mundo: como signos productores. Podemos
preguntarnos ahora si hay acaso algún yo verdadero escindido
de sus manifestaciones o si más bien aquello que define cualquier
subjetividad ya es -ya son- sus manifestaciones, los signos
que produce y que se insertan en el tejido social, de cualquier
tipo, y en el cual estos signos son toda una identidad que modifica
el diagramarse de este tejido- texto. A la luz de esto es evidente
la responsabilidad a la que nos enfrentamos en el entorno social
al ser siempre realidad de otros, responsabilidad de la cual
solo una desaparición de lo social, en tanto que imaginario,
figuras que deciden nuestra cotidianeidad, puede eximirnos.
La identidad
se diagrama en el juego interpretativo. Estamos destinados a
la producción de gestos que sean mundo de otros, entretejiendo
la red que nos vincule, nos permita hablar de consciencia, y
actúe como un interfaz para operar en sus transformaciones.
Transformaciones no siempre radicales, no siempre reveladoras
de una nueva consciencia: nuevo modo de comprender lo que nos
rodea y de relacionarnos con ello. El acto como signo auténticamente
radical exige una intensidad tremenda de discurso que tense
la red y consiga un transvase interpretativo hacia otros focos
relacionados a su vez con otros vínculos, con otro entendimiento
de lo real que sea recíproco, dando por sentado que lo real
no es sino la forma que adopta el texto en contacto con otros
textos y que la lectura del sujeto producirá siempre más texto
en ese medio. Si nos preguntamos a veces por la imposibilidad
de esa quiebra, de un acto pleno que altere significativamente
el juego de relaciones que se teje en torno al individuo -transformar
el entorno conlleva un reajuste de la subjetividad puesta en
juego- es porque cualquier discurso que se establece como "verdadero"
o "auténtico" tiende a invisibilizar los efectos de una ruptura,
de aquello que supondría una deriva en la interpretación de
los hechos hacia un resultado no sometido a juicio por quien
sostiene, en un momento determinado, un monopolio de la verdad,
del discurso. Actúa de este modo cualquier tipo de poder, tejiendo
redes en torno a esa quiebra - el signo infiltrado, radical-
evitando así una afección directa de la conciencia. Es por esto
que no se produce evento verdaderamente radical, alterador del
sesgo de las relaciones, sin una contrapartida que IDENTIFIQUE
los hechos en base al discurso dominante, según sus signos y
su imaginario, evitando así la posibilidad de un discurso otro
que pueda contaminar y difuminar la concentración de poder o
el uso controlado del interfaz.
En este
espacio o interfaz, que es ya puramente imaginario, se desarrolla
el signo como identidad. Se construye en la confluencia de las
líneas textuales y discursivas y está ligado a la forma y a
las manifestaciones del sujeto que se inserta en ellas. El contacto
que se produzca, condicionara futuros encuentros con aquellos
discursos con los que el individuo se vincule. Este proceso
se lleva a cabo como contaminación cuyo alcance de desarrollo
o de posibilidad está delimitado por estructuras burocráticas
que actúan como muros de contención, límites que legitiman al
poder, límites abstractos cuya función es el control y vigilancia
de un sistema en jerarquía de poder especular, cuyos intereses
son el mantener la estructura que ella misma conforma y conseguir
su mínima ramificación -lo que podría acabar en un desarrollo
al margen de ella- lejos de cualquier ideal moderno de mejora
de las condiciones del individuo (quizá demasiado cerca de él,
en tanto que ideal), aunque conservando aún su uso como cobertura
legitimadora. Esto supone un verdadero dogma para quienes utilizan
esta estructura como medio o interfaz pues toda la comunicación
producida en su seno tendrá a ésta como norma, será su medio
ambiente y determinará en gran medida el tipo de relaciones
que podrán desarrollarse en él. En el momento en que cualquier
individuo desee emprender la construcción de un puente que vincule
su medio ambiente con otro o que desee crear nuevos modos de
darse las relaciones, microestructuras, se topara con los límites
de esa estructura base-estructura no sólo burocrática sino también
simbólica, en torno a ideales- que será el filtro definitorio
de las mismas, la imagen predominante en el complejo mosaico
interpretativo que prevalecerá como lectura posterior de una
época.
Es ahora
cuando nos preguntamos de qué sirve emprender cualquier tarea
de construcción de medios en un clima sometido a ese filtro
simbólico y en que medida serán prácticas que contribuyan a
producir nuevas relaciones o de enriquecimiento de la experiencia.
¿Es posible esta construcción en un interfaz cerrado en el que
el individuo no tiene posibilidad de reestructuración del mismo,
que no está diseñado- como sería lógico- según el diálogo que
entablan sus usuarios sino en base a una jerarquía que utiliza
al individuo como elemento de especulación para el sostenimiento
o no de su estructura? Parece evidente que ya casi no podemos
hablar de estructuras estatales según su tradición histórica,
su funcionamiento es exacto al de las corporaciones privadas,
una corporación que utiliza una apariencia estatal. Ley de la
oferta y de la demanda. Se oferta un producto y se va modificando
según un proceso financiero en el que no hay posibilidad de
cambio pues el producto es es el que genera una noción de realidad
y de autenticidad que sólo la comparativa (comparativa de realidades,
no producción de las mismas) puede variar. Hablamos de interfaces
cerrados en el que el individuo es un producto más, o sencillamente:
un caudal financiero.
Nos situamos
pues frente a esta tremenda estructura abstracta raíz, o más
bien dentro de ella. Un medio constituido en definitiva por
afecciones, o ¿por qué no? por adicciones que nos hacen vulnerables
pues nos hacen olvidar una posibilidad productora de experiencia,
decisoria de destino.
En 1995
se presenta el Manifiesto Dogma, firmado por un grupo de cineastas
con la decisión de emprender una creación de films que se alejen
de la pesada aparatosidad de la producción cinematográfica en
pro de una mayor instantaneidad y veracidad de la imagen y del
texto, un desarrollo eventual marcado por el propio desarrollo
de la filmación. Algo que parece recordarnos a ciertas prácticas
"situacionistas" y que encuentro muy ligado a los films de Godard,
Pasolini o Fassbinder y a una tradición de cine con fuerte conciencia
social. Pero a diferencia de estos, de su fuerte compromiso
con la teoría política, y no incompatibles con ella, veo en
los films Dogma una voluntad salvaje de afección, de retrotraernos
a un momento cero, en el límite de lo social, que decide y atraviesa
el dogma. Supera el dominio de esa imposición abstracta que
ni siquiera sabíamos que era tal. Tan sólo conocíamos su sueño,
desagradable, formado por recuerdos vagos, una realidad imprecisa
de la que éramos centro. Es así que, por ejemplo en Celebración,
el protagonista realiza un viaje iniciático hacia su despertar
para el cuál necesita, ¿cómo no? el apoyo de sus amigos que
suponen el descubrimiento de otras realidades no sometidas a
los fantasmas que a él le aterran. O en Los Idiotas de Lars
von Trier en el que la más absoluta idiotez, un estado de irracionalidad,
consigue quebrar la convención, una ansiedad traumática por
imposibilidad de escape, y devolver a los protagonistas a un
estado de felicidad físico, material, en el que el símbolo,
la moral, el juicio de Dios se deshacen, pierden su magia dominadora.
La necesidad se recobra como único valor, las estructuras de
poder pierden su jerarquía y lo único importante acaba siendo
el conseguir ese punto donde la idiotez ya no se finja, deje
ésta de ser lo contrario a la inteligencia según el discurso
de la racionalidad, no sea nada que pueda ser utilizado como
arma de alienación sino simple y llanamente un estado de felicidad
plena, nunca entendida como la felicidad perfecta de la ignorancia,
sino como una comunicación sin cortapisas en el contexto de
una microcomunidad que acepta unos parámetros que están fuera
de los márgenes de la moral o de la razón. Entiendo que estos
dos films insisten en la construcción de una comunidad paralela,
decidida por un interés de recobrar la experiencia, que pueda
ser para cada uno de ellos la vertiente primordial de su concepción
de lo Real. No la única, pero sí la fundamental, allí dónde
pueden ser, independientemente a las convenciones por las que
se pueda guiar un otro, por tanto la diferencia es asumida,
ya no representa un problema sino todo lo contrario ya que arroja
la subjetividad a un foro dialéctico cuyas pautas se crean a
voluntad. Desde esa nueva base comienza todo un juego de lecturas
y de apropiación de significados que se alejan de su uso predeterminado
y subvierten sus fines
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