Mecanismo sin leyes, sin referencias o claves que seguir. Suerte de roces, de descargas eléctricas que ponen en funcionamiento (o reducen a lo estático) a cualquier organismo que se llame vivo, y en última instancia pensante. Intrusión de un intruso, creación del otro, el ser no hace sino completar sin completarse. Como uno de tantos elementos posibles dentro del conjunto, el individuo se construye en un rigor que es a la vez dado y propio; se apoya en un método singular y universal. Porque uno es uno y todos los demás, y nadie. Fragmento de fragmentos, parodia de la autonomía, necesidad inherente al colectivo, la identidad individual es pura participación de una identidad esencial común que la reconoce y la legitima. De la naturaleza de este grado universal, de esta condición común única no llegaré a estar nunca seguro. Si se constituye en un enclave real (quizá profundo) o virtual (quizá aparentemente profundo). Si es alcanzable y por tanto sondable y mensurable o si por el contrario es imposible definirla. Circunstancias de corte filosófico (no digo metafísico) que no es a mí a quien corresponde examinar. Se me ocurre imaginar un lugar clave, una determinada coordenada dentro del ser -o mejor aún dentro de cada cosa-. Algo así como un centro de gravedad que se ve atraído siempre hacia el origen, una coordenada desde la que poder contemplar el punto cero. Cualquier cosa la tendría, y desde ella siempre podría observarse aquella esencia, la misma esencia, plural y singular al mismo tiempo. Daría entonces el ser con lo que él es, con lo que todo es, y conocería en un instante aquello que siempre quiso conocer. Pero, y ahí está la paradoja, ¿significaría eso su propio fin, la muerte de su razón, de la razón misma?. Pongamos los pies en el suelo, ¿acaso dicha verdad no es sino la certeza de su propia persecución?. Y tal persecución, ¿no exige la autoproyección, la ruptura de una inmanencia revocada al fracaso, al absurdo?. Supongamos pues hacer frente a este sano y eterno declive agonizante mirando al mundo, interaccionando con él sin frenarse en el recurso a lo ya expuesto. Abandonar posiblemente unos medios que alejándose del fin que se proponen se basan únicamente en la retrospectiva, negándose a imaginar un estado en el que no tienen cabida y renunciando a un discurso en el que las experiencias ya referidas se presentan solo implícitamente. Elegir un diálogo firme y arriesgado, que ahora más que nunca sea un sistema de intercambio, de relaciones recíprocas en las que las conexiones se produzcan en los dos sentidos; un continuo comercio de mensajes reflexivos encadenados. El emisor se convierte en receptor y viceversa. Propongo un ente social que conociendo sus límites intenta rebasarlos, si no físicamente sí por lo menos con la vista; y que percibe el mundo desde dentro, componiendo toda una estructura de conocimiento, de códigos enrevesados útiles en la (auto-)construcción de los rasgos identificativos. Porque el ser verdaderamente autónomo (utópicamente autónomo) sería un ser sublimado (desviado), un cuerpo a la deriva en una absoluta pérdida de referencia: una no-identidad.
NOTA: Campo interactivo significa ánimo de posibilidades, incluso la de no intervención.