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DISCURSOS TRANSCURSIVOS
1. HACIA LA MUERTE DE LA LITERATURA
1. El mundo es todo lo que es el caso.
2. Lo que es el caso, el hecho es el darse efectivo de
estados y de cosas.
3. La figura lógica de los hechos es el pensamiento.
4. El pensamiento es la proposición con sentido.
5. La proposición es una función veritativa
de las proposiciones elementales.
(La proposición elemental es una función
veritativa de sí misma).
6. La forma general de la función veritativa es /P,e,N(e)/
7.De lo que no se puede hablar hay que callar.
Que el orden de la metáfora dé paso a la metonimia produce
un deslizamiento que pone en acción un mecanismo en el que la antigua
sustitución en base a una comparación analógica tácita
deja lugar a una coordenada espacial (me refiero al espacio del pensamiento)
que enciende una forma ergonómica del pensar, para pasar del decir
lo que conocemos a indicar su contiguo.
Si es cierto que la metonimia es como la metáfora un sustituto,
un evocador, en esta metonimia lo sustituido, lo evocado no ha sido conocido
por nosotros.
El lenguaje en su función representativa u operativa tiene una
sustancia de huella. Todo el corpus de la literatura es, a la vez, unas
memorias y un enigma, una huella y la indicación de algo indesvelable,
no dicho, indecible, una metáfora y una metonimia.
Pero si el lenguaje agota sus posibilidades en lo que se puede decir,
en la función representativa o en la, al fin, finita función
evocadora, y, si su sustancia es la de la huella no estaremos dando vueltas
a ciclos vitales del decir, recorriendo la inmensa, inabordable
cartografía del pensar acontecido sin darnos cuenta de que tan
sólo se producirá un reconocer , un déjà vu
constante, con la doble sensación de extrañeza y familiaridad,
de novedad y reconocimiento ante las combinaciones finitas posibles de
signos que arrastren significados por nosotros ya pensados, una literatura
del eterno retorno.
Para qué hacer una literatura memorialística, metafórica
y metonímica si, como una abeja (valga la metáfora), damos
vueltas sobre el aroma de una flor ya arrancada, inútilmente.
Para qué escribir, para qué leer, para qué restar
tiempo a la vida real. Para qué seguir nuestro laborioso juego
de las tautologías y de las sustituciones, para qué
seguir jugando a las despedidas y a los reencuentros, para qué
seguir hurgando en las librerías y en las bibliotecas,
para qué buscar un libro que no se ha escrito, para qué
buscar si todo el tesoro de la literatura del pasado y del futuro está
contenido en el más torpe, en el más pequeño de los
versos escritos.
Por fin un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, saltó
de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían
de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre
se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado
por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y
les reveló su descubrimiento.
- La tierra es redonda como una naranja.
Úrsula perdió la paciencia. “ Si has de volverte
loco, vuélvete tú sólo -gritó-. Pero no trates
de inculcar a los niños tus ideas de gitano”. José Arcadio
Buendía, impasible, no se dejó amedrentar por la desesperación
de su mujer que en un rapto de cólera le destrozó el astrolabio
contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para
todos resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto
de partida navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida
de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio,
cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó
en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación
astronómica había construido una teoría ya comprobada
en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo.
1. Lo posible es un infra leve
-/ la posibilidad de que varios / tubos de colores / lleguen a ser un
Seurat es /“la explicación”concreta/ de lo posible como infra /
leve.
Al implicar lo posible / el llegar
a ser - el paso de / lo uno a lo otro tiene lugar/en lo infraleve.
Alegoría sobre el olvido.
Bruno Marcos Carcedo 1999
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Mi memoria comenzó a desarrollarse en el mes de Agosto de1733;
tenía, pues, ocho años y cuatro meses. No recuerdo nada
de lo que pudo ocurrirme antes de esa época.
Mi padre murió en la flor de su vida; sólo tenía
treinta y seis años. El público sintió mucho su muerte,
y particularmente la nobleza, que le reconocía una superioridad,
por encima de su estado, no sólo por su conducta, sino también
por sus conocimientos científicos.
Dos días antes de su muerte, mi padre, sintiendo próximo
su fin, quiso reunirnos a todos alrededor de su lecho, en presencia de
su mujer y de los señores Grimani, nobles venecianos, para recomendarnos
a su protección.
Tras haber dado su bendición, obligó a su esposa, deshecha
en lágrimas, a jurar que no dedicaría a ninguno de sus hijos
al teatro, donde jamás él hubiera actuado si una desgraciada
pasión no le hubiese forzado a ello. Mi madre le hizo el juramento
y los tres patricios garantizaron su inviolabilidad. Las circunstancias
la ayudaron a mantener su promesa.
Como entonces mi madre se encontraba en cinta de seis meses, se la dispensó
de trabajar en escena hasta después de las pascuas. Bella y joven
como era, tuvo muchos pretendientes; pero ella rehusó su mano a
todos los que la pidieron en matrimonio; y encomendándose a la
Providencia, confió en bastarse a sí misma para sacarnos
adelante.
Yo me criaba muy débil, sin apetito, incapaz de interesarme por
nada, con aspecto enfermizo. Sangraba con mucha frecuencia por la nariz,
y los médicos disputaban entre ellos sobre la causa de mi mal.
Pierde, decían, dos libras de sangre por semana, y sólo
puede tener dieciséis o dieciocho. ¿de dónde pues
puede provenir una hemorragia tan abundante? uno decía que todos
mis humores se transformaban en sangre; otro sostenía que el aire
que respiraba aumentaba la de mis pulmones, siendo esta la razón
por la que tenía siempre la boca abierta. Esto lo supe seis años
más tarde por el señor Baffo, gran amigo de mi difunto padre.
Fue él quien consultó al famoso médico Macop, de
Padua, el cual le mandó su diagnóstico por escrito, papel
que conservo. Dice que nuestra sangre es un fluido elástico que
puede disminuir o aumentar de espesor, jamás de cantidad, y que
mi hemorragia sólo podía provenir del espesor de la masa.
Decía que estaría ya muerto si la naturaleza, que quería
vivir, no se hubiera ayudado por sí misma. Terminaba afirmando
que la causa de aquel espesor no podía encontrarse más que
en el aire que respiraba, y, por tanto, debía cambiar de aires
o disponerse a perderme. Además, según él, la estupidez
que se pintaba en mi rostro era también debida al espesor
de mi sangre.

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