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TIEMPO DEL LENGUAJE / LENGUAJE DEL TIEMPO
En el constante intento que el sujeto hace de ubicarse en el escenario que considera propio, de encontrar un lugar en un mundo que no lo reconoce se lleva a cabo una lucha interminable cuyo desarrollo se hace impredecible. Lo que el hombre ocupa es un tiempo y no un espacio; y es este proceso de ocupación nunca terminada el que hace que el sujeto salga de sí, se dirija receloso hacia un exterior que lo anima y al mismo tiempo lo amenaza. Es entonces cuando se encuentra cara a cara con una parte de la verdad que lo constituye, que no es sino la misma que constituye a los demás. En este momento el lenguaje y su intercambio pasan a un primer plano y se proponen tan necesarios como abstractos. Pensando en las maneras y modos de práctica social (entendiendo aquí por social todo lo referente a la construcción de una comunidad, tanto en sus infraestructuras como en sus apéndices menos vitales) que desde las últimas décadas se han propuesto imprescindibles en el imaginario colectivo y que , naturalmente han estado en función del veloz e imparable grado de desarrollo de los medios y sistemas de que se ha dispuesto, pensando pues en estos modos de sociedad podemos explicar y legitimar muchos de los análisis que sociólogos, filósofos y críticos han hecho de la situación, y algunas de las conclusiones a las que han llegado. Pues bien, aunque no cabe desarrollar aquí ninguna de estas teorías (en mayor o menor medida conocidas por muchos) sí podemos observar que lo que se tuvo por llamar postmodernidad o cultura postmoderna parece haber acabado sin dejar un término heredero que reconozca la nueva esfera: la época de los medios de comunicación, del reinado de la información y del trasvase evoluciona y alcanza un estado diferente donde el espacio mediatizante se convierte en espacio mediador. Es para muchos una total pérdida de referencia que los hace caer en su propia inmanencia y que por ello bloquea su natural tendencia a proyectarse. La búsqueda de sí, la proyección de su ser (ser
común a todos y a la vez propio de cada uno) que lleva a cabo el
individuo se produce ahora a través del lenguaje: es el mensaje,
el registro en el tiempo y no en el espacio lo que toma las riendas. La
práctica artística se completa más que nunca en el
solo lenguaje.
En este caso parece llevarse por camino cierto la gran utopía de globalización defendida por todo buen espíritu moderno, con lo que podríamos pensar que el paréntesis de la postmodernidad, aquel en que el ser deja de trascender para caer en una contínua afirmación repetitiva de su identidad y de su posición; aquel paréntesis, la postmodernidad, en que debido a esta deriva en un movimiento cíclico alienante se consideró la tarea del hombre tan acabada como el hombre mismo, se está cerrando casi de golpe, y nos está mostrando a muchos, sin duda a los más románticos, que quizá es en este momento en que la desubicación se nos impone y se rompe aquella inmanencia a la que se estaba revocado, cuando el individuo debe reponerse de su letargo y autoreconocerse en el otro a través del lenguaje (de carácter universal), hablando de ejercicio artístico a la vez que de práctica comunicativa, de constante búsqueda de sí. En esta práctica, interindividual, en la que el sujeto se acopla al entorno colectivo, la obra de arte -material o no- se eleva como digo a una dimensión puramente temporal, de conocimiento, a una estructura en la que la contemplación es más necesaria que nunca , pues sin lugar a dudas este arte implica al espectador en una acción mental que la requiere. Consideramos esta manera de conceptual que indaga en la esencia de lo que lo limita, de las cosas diferentes que confirman mutuamente su existencia; un conceptual distinto del de los años sesenta, que va más allá de sí mismo, que interacciona con el mundo. Y es que el sujeto busca en el otro su propia realidad, su constitución singular, su identidad única. Uno es el reflejo que el Otro le devuelve. Se crea así una trama comunicativa de la que el lenguaje se apropia y en la que se define, haciendo de todo ser un emisor-receptor dispuesto en su propio beneficio a mantener tal sistema. Temporalidad, en fin, porque el mensaje se articula en la consecución
de verdades que supongan soluciones a la construcción del individuo
sea cual sea su momento; soluciones universales que suplan o evoquen la
imperturbable vigencia de las leyes naturales.
MIGUEL ANGEL BARBA BAUTISTA
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